11 septiembre 2013

Las cartas

Por: Armando Alzamora



Las cartas fueron condenadas a desaparecer con la invención de la Internet. Seguramente las recordaremos como una hermosa manera que teníamos para comunicarnos. Mas la premura de estos tiempos exige rapidez, y las cartas, en su mayoría, no eran un medio muy rápido para la transmisión de mensajes. Las oficinas de correo tardaban días, semanas, meses incluso, en hacer llegar a su destinatario la carta respectiva. Yo me imagino los momentos de sorpresa, de grata alegría u honda tristeza, cuando una persona descubría el remitente al filo del sobre. 

Era distinto escribir cartas a mano que escribirlas a máquina. Hacerlas dactilografiadas garantizaba una distinta relación, más estrecha, con el destinatario, dado que éste, si la comunicación era frecuente, acababa por familiarizarse con la caligrafía de su remitente, tal como nos familiarizamos comúnmente con las inflexiones de voz o con los gestos. De esta manera, la cartas escritas a mano conservaban cierto aura vivencial que las cartas a máquina no poseían. Sin embargo -y esta condición se daba en ambos casos-, también existía otro elemento indiscutible y distinguible: el estilo del autor. ¡Cuánta emoción, cuánta amargura, se avivaría en las personas al reconocer en la carta el alma, la personalidad de su autor! Las misivas llevaban no sólo una combinación coherente de signos: transmitían  pasiones, malestares, incluso el cansancio. Hoy pocas son las personas que todavía escriben cartas. Sé que los jóvenes lo hacen en las escuelas. Yo mismo lo hacía en mi etapa escolar. Pero el resto de la gente ahora usan el email: una computadora nos arregla las cosas.

La desaparición de las cartas es tan inminente que hasta los carteros ya dejaron de llamarse tales. Su versión moderna es el courier; su función es bastante específica: entregar documentos de cobranza, órdenes de desalojo y recibos de servicios. Ya no cartas de amor. Muchos hemos olvidado a los carteros. Pero estoy convencido que en algún apartado rincón, sentado en una silla de mimbre o tendido en una cama padeciendo quizás su última convalecencia, algún viejo cartero recordará con nostalgia lo romántico de su oficio, las miradas de esperanza de la gente cuando hacía su aparición desde la esquina, anunciándose, con su típico uniforme y el bolso donde cargaba un manojo de ilusiones. 

Lima, Noviembre de 2011.

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