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13 junio 2010

El fraude del arte moderno

Por: Walter Toscano


Marla y una de sus obras, en el afiche promocional de "My kid could paint that".

Obra de Jackson Pollock.

Marla es una niña que descubre el velo cínico del arte moderno, con la venta de sus cuadros a precios exorbitantes. En el documental “My kid could paint that”, simplemente el manto que cubre el show business de la pintura abstracta se cracela y cae ante nuestros incautos ojos. Y nos preguntamos, ¿qué hace genial a un artista? ¿Es su gran capacidad al resolver en arte su original manera de ver, de sentir? ¿Qué hace genial a un artista? ¿Por qué una pintura cuesta más que otra con estilo similar? ¿Por qué tan fácilmente se confunde genialidad con seudogenialidad? Realmente hay más sobras del arte moderno que obras artísticas, pues el arte se ha despersonalizado.
El arte no debe dejarse llevar solamente por el impulso. Hace varias décadas atrás, un chimpancé ya nos había demostrado que cualquiera que se propusiera podía pintar a la manera de los grandes maestros de la pintura abstracta. ¿Dónde queda, entonces, el conocimiento teórico del color y la composición? ¿Acaso el arte abstracto es producto del azar y no del conocimiento cabal de la teoría del arte visual en su más diáfana magnitud?
La producción pictórica de Jackson Pollock es otra gran mentira. Sus obras resultaron de la casualidad. ¿Reside su “genialidad” en su técnica, en el action painting igual como los niños pintarrajean papeles o paredes? No es que todo el arte actual o de las últimas décadas sea fraude, pero sí la mayor parte de las obras artísticas es basura del impulso. Y en esto los críticos y actualmente los curadores han tenido mucho que ver para que la pintura haya devenido en mierda, mierda pura.
Hace algunas semanas, un grupo de críticos, curadores y gente vinculada mercantilmente al arte en Perú o con intereses personales o grupales, discutieron –entre otros temas- acerca de qué era arte y qué no. Uno de ellos calificó al degradante video Kouri-Montesinos como una muy probable obra de arte moderno. ¿Obra de arte moderno? Así es, leyó muy bien: obra de arte moderno. Entonces vale la pena preguntarnos, ¿quién es el artista? ¿Kouri? ¿Montesinos? ¿Quien puso la cámara a filmar? Acaso, ¿la cámara fílmadora? ¿O es un trabajo colectivo?
Lógicamente, muchos nos dejamos llevar por lo que queremos ver. Yo rayo a lapicero 32 líneas de manera improvisada –como lo haría un niño de 6 años-, y el resultado bien podría ser de agrado para el ojo de un crítico o curador actual.
Hasta la estupidez. Sí, hasta este punto ha llegado el alcance de la vista, hasta estas estúpidas sensaciones provocada por una mente cínicamente entrenada por el inconsciente, perfilada o manchada con incontables desechos verbales, porque el crítico o curador traga y vomita verborrea protegida por el halo sagrado que les ha otorgado la modernidad. Para darse cuenta de ello, apenas nos bastaría con desgajar un diario, revista o catálogo de arte contemporáneo para leer sus burbujeantes teorías en defensa de sus propios intereses: seguir estafando al público que se podría llamar “cultivisual” o “cultiartístico”. Escoja Ud. el mejor término. Y todo ello porque han llegado al tope de sus miradas miopes. ¿Qué podemos esperar de todo esto, de todo este cinismo en que se ha convertido el arte moderno? Sólo pasar a otra ventana pictórica, a otra que tengamos que mirar sin la desconfianza originada por los críticos o curadores de fétidos discursos oficiales, o el círculo vicioso se habrá iniciado.

21 septiembre 2008

230 años sin Piranesi

Por: Armando Alzamora

No creo en las casualidades. Menos aún cuando recuerdo los grabados del artista italiano Giovanni Battista Piranesi y mi primer encuentro con ellos: fue a principios de 2008, trabajando en la sección de Arte y Arquitectura de una librería, me topé con un libro dedicado al estudio y exposición de su obra. Tal vez así debió pasar: suelo pensar que ciertas estéticas están destinadas a nuestro deleite por alguna correspondencia o semejanza con el espíritu del autor. Pero tengo claro también que la intuición es perfectamente capaz de escarbar en las raíces mismas del proceso artístico-creador, más allá de todo contexto y de la estructuración de dicho código.
Digo esto porque era, o creo serlo todavía, un completo ignorante en lo que a artes plásticas se refiere. Pero sigo creyendo en la similitud de temperamentos, en la correspondencia extraña y espiritual que solemos adoptar, y que se convierte, como ahora, en nuestra única defensa.
Fue por eso que en Piranesi vine a hallar la forma de una idea que -tal vez producto de una herencia colonial- ha estado presente vívidamente en ciertos pasajes de mi recuerdo y que con el tiempo fueron
arrastrados hasta un territorio ingrato: el olvido. Vi sus imágenes, y fue como recuperar un paisaje que alguna vez me perteneció: la arquitectura clásica, pero contradictoriamente derruida, como si se tratase de un mundo perdido, de una serie fabulosa de descubrimientos arqueológicos; los claroscuros ''bruñidos'' con que sus paisajes cobraban una apariencia más lóbrega; la soledad tenebrosa en que se sitúan sus sordos objetos en el espacio; los pasillos lúgubres que se perdían en la nada; los fondos enmudecidos e inundados de nostalgias antiquísimas; la vaga tristeza de un mundo en el que la Modernidad todavía irrumpía con lentitud. Todo eso me perteneció y lo creo; pero con Piranesi no sólo recuperé aquella luz, sino que ahondé aún más en ese universo fabuloso en el que el Ritorno a lo antiguo es el centro gravitacional de la obra.
Hay una anécdota interesante donde Piranesi expone una suerte de ''teoría del arte'': su amigo Hubert Robert, sumido en la perplejidad ante demasiado talento, le preguntó en cierta ocasión cómo era capaz de contentarse con tan pocas indicaciones para producir unos grabados repletos de ricos detalles. Piranesi respondió lo siguiente: "el dibujo no está sobre el papel sino completamente en mi cabeza, y tú verás esto sobre la plancha de cobre".
Es por eso que fascina Piranesi: dicen que no hay forma artística que no haya sido pensada antes por la humanidad. Pero, quizás, en cada momento histórico, en cada manifestación del hombre a través del arte, quede el rastro o la huella de lo sublime. Es posible entonces que ese vestigio sea el camino que conduzca al artista a seguir penetrando en la infinita nebulosa, desentrañando una exquisita geología de extraños minerales cuya existencia siempre fue una sospecha (¿cómo entender a Racine sin Eurípides, a Darío sin Baudelaire o Góngora, a García Márquez sin Faulkner?). Luego de esa recuperación, el artista le suma la etapa final, aquello que lo acerca con su espíritu -con su ''biología'', diría Barthes-, lo individual que siempre excede a la tradición: propiamente, el estilo. En Piranesi confluyen Clacisismo y Barroco: esa suma, que lo hace tan exótico, es su material personal, su propio egoísmo, la ''cosa'' de su arte.
Piranesi dejó de existir un 9 de noviembre de 1778, en Roma. Dejó una notable influencia en el Neoclasicismo, en el Romanticismo (merced a las imágenes de sus pasadizos y escaleras sin fin en su colección Carceri d'Invenzione) e incluso en el Surrealismo (el manifiesto caos de sus pasillos, tan cercanos a la confusión de los sueños) y en los decorados tétricos del cine de terror. 230 años que pasaron no de su ausencia, sino de un incesante resplandor.

*Los interesados pueden visitar la siguiente galería virtual: