09 marzo 2011

Juan Carlos Onetti

Bienvenido, Bob

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.

Igualmente lejos —ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso— del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.

A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a aveces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba "querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita", mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.

Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente —yo estaba de pie recostado contra el piano— empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.

Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me moró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: "Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?".

No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: "Bueno, puede ser que usted improvise".

El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club —recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo— porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.

Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.

Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. "Usted no va a casarse con Inés", dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. "No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga". Volví a sonreírme. "Hace unos años —le dije— eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...". Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. "Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella", pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. "Habría que dividirlo por capítulos —dijo—, no terminaría en la noche".

"Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios". Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. "Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto". Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. "usted puede equivocarse —le dije—. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...". "No, no —dijo rápidamente—, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...". Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparto de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero —decía también— tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa —la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio—, Bob dijo "nada más", y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.

Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.

Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era "no", sabía que era "no" todo el aire que la estaba rodeando.

Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada —ni Inés— podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.

Ahora hace cerca de un uño que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron —hoy se llama Roberto— comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado de cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el situio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acmpañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.

Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra "miseñora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.

Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.

No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables

18 febrero 2011

Crítica latinoamericana: Julio Ramos



Este video fue realizado por Daniel Hernández Guzmán, estudiante de literatura, como parte del trabajo final en la clase Teoría literaria latinoamericana, en el departamento de literatura de la Pontificia Universidad Javeriana, durante el segundo semestre del 2010.

Critica latinoamericana: Antonio Cornejo Polar




Vida y obra de ANTONIO CORNEJO POLAR, crítico literario latinoamericano del siglo xx.

Crítica latinoamericana: Édouard Glissant



Édouard Glissant es considerado el creador de las teorías de la Relación y de la ''créolisation'', así como de los conceptos de antillanidad y Todo-Mundo, su pensamiento poético buscó desmontar los resortes de la esclavitud y del colonialismo, fomentando la solidaridad de los pueblos y el respeto a la diversidad, lo que complementó con un intenso activismo cultural. Debido a ello, era una de las figuras caribeñas más influyentes, gozando de un reconocimiento creciente tanto en Francia como a nivel mundial. Era "distinguished professor" de literatura francesa en la Universidad de la Ciudad de Nueva York y dirigía el Institut du Tout-Monde, fundado por iniciativa suya en París el año 2007.



Crítica latinoamericana: Ana Pizarro



Ana Pizarro es una crítica literaria chilena que ha explorado la cultura latinoamericana, principalmente brasilera, y sus diversas producciones literarias.


El siguiente video fue realizado como parte del trabajo final de la clase Crítica literaria latinoamericana, en el Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana.

Crítica latinoamericana: Ángel Rama

Crítica latinoamericana: Antonio Cándido.




Este video fue realizado como parte del trabajo final en la clase Crítica Literaria Latinoamericana, en el departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá Colombia), durante el segundo semestre del 2010.

13 diciembre 2010

PRIMER MANIFIESTO EGOÍSTA: LA MUERTE DEL LECTOR

[MOVIMIENTO EGOÍSTA]




''La obra de arte no tiene, en el mercado burgués, un valor intrínseco sino un valor fiduciario. Los artistas más puros no son casi nunca los mejor cotizados. El éxito de un pintor depende, más o menos, de las mismas condiciones que el éxito de un negocio. Su pintura necesita uno o más empresarios que la administren diestra y sagazmente. El renombre se fabrica a base de publicidad''.

José Carlos Mariátegui, El artista y la época.

''Hay una literatura que no llega hasta la masa voraz. Obra de creadores, procedente de una verdadera necesidad del autor y para él mismo. Conocimiento de un supremo egoísmo donde las leyes de agotan''.

Tristan Tzara, Sept Manifeste Dada.




1. La literatura no es una mera práctica inocente, es también una acción de auténtica exploración del espíritu. Literatura pensante y autoconsciente; no la literatura que se instale irremisiblemente en la necesidad del otro, negando el objeto, prostituyendo la letra, convirtiendo al autor en un proxeneta vulgar: proyecto estático, producto de consumo, magra mercancía plusválica que no propicia el desarrollo literario.

La cultura de masas ha homogeneizado la lengua al punto que un estilo en grado cero nos cerca. Así, el lector de consumo, como un burdo autómata que programa el autor, se entrega a ese goce insulso y cínico, a esa castración del sentido en que se pierde la individualidad. Por eso un autor que se precie de un mínimo de franqueza con su persona, con el oficio, debería desde hoy olvidar al lector.

2. ¿Pero que pretendemos dando las espalda al lector de consumo? El desarrollo del objeto, desarraigarlo de esa burbuja mercantil, arrojar su devenir en la propia consciencia del autor, someterlo a dialéctica. Dedicarse íntegramente al objeto supone resarcirse de todo tipo de desvío que no constituya al autor con su arte: el autor no deberá buscar los motivos fuera de sí; tendrá que escarbar en su ser, desenterrar su egoísmo, llegar si es posible a la propia locura de su lenguaje, entablar comunión con la forma, ser él y su obra uno mismo. Ese egoísmo compone la enajenación auténtica de la obra (¿quién podría explicar una ínsula?): el devenir se desliza como un ansia salvaje; la literatura, como propio motor, deja atrás su estancamiento.

3. El autor egoísta mediará en el cambio de la pasividad del lector, transformándolo en un buscador de posibles ignotos. La terrible consecuencia: el escritor será así el antihéroe, el ser despreciable que la sociedad de consumo desdeñe. Y para él no habrá otra salida que el nacimiento de un nuevo lector. Esa nueva instancia sería para el autor egoísta su único escape: un lector ideal que se concretice, de carne y hueso, impúdico también, sin más compromisos que la contemplación de un nuevo desorden.

Existe, más allá del rastro infame de la indiferencia, la empecinada convicción de un nuevo lector, modelador objetivo de lo insólito, ordenador tal vez –como en la paranoia, cuestionador de lo desconcertante, descubridor de un nuevo paso (nunca un retroceso), para quien el objeto egoísta cobrará todos sus sentidos.


4. No hay nacimiento que no entrañe una muerte. El lector de consumo –ciego e ignaro- alegará su inocencia sin hallar un sobrio destino, como si al señalarlo, temblara sin saber a ciencia cierta cuál ha sido su culpa. Y el autor egoísta, regocijándose en la soledad de su lenguaje, le verá calcinarse lentamente, desentendiendo sus bramidos, escuchando el crujir de sus carnes y sus huesos ardiendo bajo el fuego fulmíneo de un verbo distinto. Y ahí yacerán, bajo una ruina infinita de libros y catálogos, los abrasados restos del viejo lector.


Juan Valle (Lima)

David Pérez (Lima)

Max Pinedo (Lima)

Luis Boceli (Chiclayo)

Richard Chávez (Piura)

César Chambergo (Cañete)

Erick Sarmiento (Cañete)

Jonathan Alvarado (Trujillo)

John López (Barranca)

Jorge Vergara (Lima)

Jonathan Timaná (Lima)

Walter Toscano (Trujillo)

Armando Alzamora (Lima)

Juan López (Barranca)






17 octubre 2010

Entrevista a Leila Guenther

hPor: Juan Valle

Leila Guenther, autora brasileña, publicará a fines de octubre, por primera vez en lengua castellana, su libro de cuentos El vuelo nocturno de las gallinas1 bajo el sello de Borrador Editores: una excelente oportunidad para acercarnos un poco más a una tradición literaria tan cercana y remota al mismo tiempo.
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JV: Esta es la primera traducción de su obra en el Perú ¿cómo ve esta experiencia de poder llegar al público hispanohablante?

LG: Creo que nosotros, los brasileños, estamos medio apartados de lo que sucede en América Latina por causa de la barrera del idioma: somos los únicos que no hablamos español. Siento la falta de más intercambio cultural entre Brasil y sus vecinos. Así, para mí está siendo gratificante la experiencia de ser traducida en el Perú, porque eso significa que mi trabajo podrá ser leído en la lengua mayoritaria de América.

JV: A propósito del Nobel a Mario Vargas Llosa, ¿cuáles son tus referencias respecto a la literatura peruana y en español?

LG: Personalmente quedé muy feliz con la elección de Mario Vargas Llosa para el Nobel de Literatura. De él conozco Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perros (que aquí, por lo menos en la traducción que tengo, tiene el curioso título de Batismo do fogo2), y sé que escribió sobre un trágico episodio brasileño, la Guerra de Canudos, en La guerra del fin del mundo. Conozco también un poco del Inca Garcilazo de la Vega, Ricardo Palma, Abraham Valdelomar, Julio Ramón Ribeyro y César Vallejo, uno de los más importantes poetas del siglo XX. De la literatura en lengua española más contemporánea, he leído a Roberto Bolaño, Ricardo Piglia, cuyas reflexiones sobre el cuento me interesan bastante, y, en este mismo momento, la novela Tu rostro mañana de Javier Marías.

JV: Por lo que he indagado, este libro es una recopilación de varios años publicando en diversos medios, cuéntanos un poco del proceso de selección.

LG: Escribí los cuentos que integran El vuelo nocturno de las gallinas en un periodo de diez años. Es un libro pequeño, de donde se concluye que escribo poco y breve. Hice la selección, reescribiendo, cortando, depurando, e intenté ordenarlos de modo que estuviesen ligados por una trayectoria que fuese desde la opresión, desde el sofocamiento, hasta la liberación.

JV: Bien, veo que en muchos de tus cuentos los personajes se mueven en una realidad cotidiana hasta que son sometidos a situaciones insólitas o fuera de lo común: ¿Actualmente continúas esa tendencia en tu literatura? ¿Qué vienes trabajando?

LG: Sí, la realidad cotidiana y cómo lo fantástico, lo extraño, puede surgir de repente y perturbar el orden de las cosas es un tema que sigue interesándome, pero también he trabajado en cuentos donde ocurre lo contrario: las cosas más banales y cotidianas son entendidas como algo extrañísimo e inusitado. Pero mi más reciente publicación fueron poemas inspirados en formas japonesas como el haiku y el koan, que compuse a partir de fotografías sacadas del espectáculo de una coreografía brasileña de origen japonesa que desenvuelve conceptos del budismo zen en su danza (http://www.cronopios.com.br/site/poesia.asp?id=4749).

JV: Tus cuentos mantienen también un constante halo poético, contemplativo, incluso el texto ''Ana Cristina César'' está escrito en verso ¿Literariamente, crees que éste puede ser el rasgo que más te define?

LG: No consigo escribir de otro modo. Creo que esta aura poética a que te refieres proviene de las imágenes que intento crear, de la elección de las palabras y del propio tamaño de mis textos, que casi siempre son cortos. Inclusive yo acostumbraba llamar al texto de ‘’Ana Cristina César’’ como ‘’Cuento’’… Francamente, creo que no existe prosa que no sea poética.

JV: El cuento que da titulo al libro narra la historia de una mujer que espera el regreso de su pareja mientras contempla sus senos y todo a su alrededor de tal forma que se pierde sutilmente en la obsesión e incluso la paranoia ¿Puede ser ésta parte de su visión del amor femenino?

LG: No sé, porque cuando escribí este cuento tenía en mente una cosa muy puntual: que el hombre de la historia no volvería nunca, aunque eso no quede claro en el texto. Él podría haber muerto durante un viaje, podría haber abandonado a la mujer, etc. O sea, no es la visión del amor en general, sino del amor delante de un acto específico: la desaparición de la persona amada.

JV: El epílogo del libro es un collage de diversos fragmentos de textos de otros autores como Machado de Assis, Clarice Lispector, Samuel Becket o Borges, ¿por qué una elección tan heterogénea? ¿Qué influencia crees que recibiste de cada uno?

LG: Gusto mucho de los finales de textos, más que de los comienzos. Tengo una fijación por la última frase, por la última palabra. Por eso, quería componer un texto final hecho sólo de finales que yo juzgaba interesantes. Eso no significa, necesariamente, que haya sido influenciada por todos aquellos autores, sino por ciertas cosas que escribieron.

JV: Muchas gracias por permitirnos conocer un poco más de Leila Guenter, estoy seguro que esta entrevista interesará a los lectores peruanos.

LG: Soy yo quien te agradece, Juan, por la oportunidad de responder a tus preguntas.

1 Título original en portugués: O vôo noturno das galinhas.
2 Bautismo de fuego: la frase tiene dos acepciones, una religiosa y otra militar. Ambas atienden a un significado de iniciación: la primera, espiritual; la segunda, empírica.

22 septiembre 2010

Leopoldo Marechal, vital...


Testimonio autobiográfico del escritor argentino Leopoldo Marechal, autor de Adán Buenosayres, novela con la cual se erige como uno de los precursores de la ''nueva novela'' latinoamericana.

Jorge Eduardo Eielson, vital...


Comparto con ustedes el documental Vivir es una obra maestra de Gabriela Yepes, un acercamiento a la vida y obra de Jorge Eduardo Eielson.

El habitante de Pasárgada: Manuel Bandeira

18 septiembre 2010

Poesía latinoamericana [8]: Carlos Drummond de Andrade (Itabira 1902 – Río de Janeiro 1987)

 No, mi corazón no es más grande que el mundo...


No, mi corazón no es más grande que el mundo.
Es mucho más pequeño.
En él no caben ni mis dolores.
Por eso me gusta tanto contarme a mí mismo
por eso me desvisto, por eso me grito,
por eso frecuento los diarios,
me expongo crudamente en las librerías:
necesito de todos.
Sí, mi corazón es muy pequeño.
Sólo ahora veo que en él caben los hombres.
Los hombres están aquí afuera, están en la calle.
La calle es enorme. Más grande, mucho más grande
de lo que yo esperaba.
Mas en la calle tampoco caben todos los hombres.
La calle es más pequeña que el mundo.
El mundo es grande.
Tú sabes como es grande el mundo.
Conoces los navíos que llevan petróleo y libros, carne y algodón.
Viste los diferentes colores de los hombres,
los diferentes dolores de los hombres,
sabes cómo es difícil sufrir todo eso, amontonar todo eso
en un solo pecho de hombre... sin que estalle.
Cierra los ojos y olvida.
Escucha el agua en los vidrios tan calmada. No anuncia nada.
Sin embargo, se escurre en las manos,
¡tan calmada! va inundando todo...
¿Renacerán las ciudades sumergidas?
¿Los hombres sumergidos -volverán?
Mi corazón no sabe.
Estúpido, ridículo y frágil es mi corazón.
Sólo ahora descubro cómo es triste ignorar ciertas cosas.
(En la soledad de individuo
desaprendí el lenguaje
con que los hombres se comunican).
Otrora escuché a los ángeles, las sonatas, los poemas,
las confesiones patéticas.
Nunca escuché voz de gente. En verdad soy muy pobre.
Otrora viajé por países imaginarios, fáciles de habitar,
islas sin problemas, no obstante exhaustivas
y convocando al suicidio.
Mis amigos se fueron a las islas.
Las islas pierden al hombre.
Sin embargo algunos se salvaron y trajeron la noticia
de que el mundo, el gran mundo está creciendo todos los días,
entre el fuego y el amor.
Entonces, mi corazón también puede crecer.
Entre el amor y el fuego,
entre la vida y el fuego,
mi corazón crece diez metros y explota.
-¡Oh vida futura! nosotros te crearemos.



No lo hagas


Carlos, fácil, amor
es lo que ves:
hoy un beso, mañana nada,
y el siguiente día es Domingo
y por Lunes, quién sabe
qué sucederá.

Tonto, deberías resistir
o matarte, aún.
No lo hagas, Oh, no lo hagas.
Guárdalo todo para
la fiesta de bodas, nadie sabe
cuando vendrá,
o aún si vendrá.

Amor, Carlos, hijo de la Tierra,
pasaría la noche contigo
y, vencidas tus hesitaciones,
dentro crecería una maravillosa barahúnda:
rezos
estéreo
santos bendiciéndolos
avisos para las mejores marcas de jabón,
una barahúnda nadie sabe
de dónde, qué por qué.
Aún caminas
melancólico, vertical.
Eres la palmera, eres el grito
que nadie escuchó en el cine
y las luces se apagaron.

Amor en la oscuridad -no- amor por día
es siempre triste, Carlos, mi hijo,
pero no le vayas a contar a nadie,
ellos no saben y no tienen que
saberlo.


Busca de la poesía


No hagas versos sobre acontecimientos.
No hay creación ni muerte ante la poesía.
Frente a ella la vida es un solo estático,
no calienta ni ilumina.
Las afinidades, los aniversarios, los incidentes personales no cuentan.
No hagas poesía con el cuerpo,
ese excelente, completo y confortable cuerpo, tan enemigo de la efusión lírica.
Tu gota de bilis, tu máscara de gozo o de dolor en lo oscuro son indiferentes.
Ni me reveles tus sentimientos,
que se prevalecen del equívoco y tientan el largo viaje.
Lo que piensas o sientes, eso aún no es poesía.

No cantes a tu ciudad, déjala en paz.
El canto no es el movimiento de las máquinas ni el secreto de las casas.
No es la música oída de paso; rumor del mar en las calles junto a la línea de espuma.
El canto no es la naturaleza
ni los hombres en sociedad.
Para él, lluvia y noche, fatiga y esperanza, nada significan.
La poesía (no extraigas poesía de las cosas)
elude sujeto y objeto.

No dramatices, no invoques,
no indagues. No pierdas tiempo en mentir.
No te aborrezcas.
Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
vuestras mazurcas y supersticiones, vuestros esqueletos de familia,
desaparecen en la curva del tiempo, son inservibles.

No recompongas
tu sepultada y melancólica infancia.
No osciles entre el espejo y la
memoria en disipación.
Que se disipó, no era poesía.
Que se partió, cristal no era.

Penetra sordamente en el reino de las palabras.
Allá están los poemas que esperan ser escritos.
Están paralizados, mas no hay desesperación,
hay calma y frescura en la superficie intacta.
Helos allí solos y mudos, en estado de diccionario.
Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
Ten paciencia, si oscuros. Calma, si te provocan.

Espera que cada uno se realice y consuma
con su poder de palabra
y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
No recojas en el suelo el poema que se perdió.
No adules al poema. Acéptalo
como él aceptará su forma definitiva y concretada
en el espacio.

Acércate y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil fases secretas sobre la neutra faz
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible, que le des:
¿Trajiste la llave?

Repara:
yermas de melodía y de concepto,
ellas se refugian en la noche, las palabras.
Aún húmedas e impregnadas de sueño
rolan en un río difícil y se transforman en desprecio.