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12 junio 2010

Más Luis Hernández

Por: Pamela Medina

Luis Hernández es una de las voces más representativas de su generación, la del 60. Su poesía buscó una forma particular de expresión. Una suerte de viajero de la vida cuya bitácora imprime un secreto que a la larga será de todos. La manera poco usual de su creación consiste en la elaboración de cuadernos con poemas de corto y largo aliento que acompañan unos gráficos a todo color. Precisamente el poemario protagonista de esta nota, Vox Horrísona, forma parte de esta serie de cuadernos. La obra de Hernández presenta elementos constantes coloquiales, irónicos, pero a su vez algunas citas cultas no escapan del universo lírico que el poeta ha construido. Temas como la vida, la poesía y el amor son abordados desde un lenguaje que pretende hacer poesía desde la cotidianidad.

Para el poeta la poesía es vida (idea que ya venía con Eielson en la generación del 50) y un ejemplo de esta sentencia lo encontramos en el poema ‘’Canción para Wolfang Goethe’’: “Qué breve es la vida / Se inicia la Poesía / La voz que incontable / Y en misterio / Vuelve para tomar / De cada ser su primitiva / Forma”. El acto de escribir es observado como un modo de extraer lo más profundo del ser humano. Esta experiencia surge como inmortalización ante el carácter fugaz de la existencia.

Posteriormente observamos la imagen en otro de sus poemas sin título: “ […] Y creo que La Poesía / Es entregar al Universo / El propio corazón / Sin desgarrarse / "O make me a mask" / Únicamente un ejemplo: / La poesía conduce / Hacia la propia destrucción / Poor Dylan Thomas!”. El acto poético se personaliza, poesía y vida; sin embargo, esta relación más que un acto romántico, en Hernández, se presenta como una manera de ligar el hacer poético a la experiencia cotidiana y citadina. Partiendo de la idea de sus cuadernos como bitácora, Vox Horrísona está compuesto por esas imágenes citadinas como la calles de Jesús María y Barranco. En el poema ‘’Preludio numero ocho en la menor’’, la ciudad, Lima, es poetizada, exaltada desde elementos que forman parte de la urbe y de la rutina del ciudadano en ella: “Los campos del trigo […] Es del color / De Lima mi ciudad / El mismo Sol / Del planeta donde / Yo haya nacido […] Las monedas / De Jesús María / Mi barrio natal. / Tienen el extraordinario / Brillo / De todo lo que amamos […] De lo que alguna vez / amamos / El brillo de los vidrios / En la pista / Cascos de cerveza/ Vitrinas coloreadas / Con la lentitud / De la tarde invernal […] En un árbol / Descansa el universo / Que aún merece / El reflejo / En las tiendas / Coloreadas […]”. Monedas, tiendas, cascos de cerveza trascienden el vínculo ordinario para formar parte del universo lírico del poeta. La ciudad se convierte de esta manera es un espacio que marcará el acontecer literario de este autor.

Otro tema constante en Vox Horrísona es el amor, que no escapa a la vida citadina mencionada. El amor asociado al recuerdo de las estaciones como el poema ''Tres cantos de amor'': “¿Recuerdas tú / La Primavera? / El claro Sol / Y tú sonrienteQuizás así me amaras / ¿Recuerdas tú / Del Sol / El límpido fulgor? […] Olvida mejor / La Primavera”. En el poema ‘’El elefante asado’’, el amor es un instancia fugaz que va a la par con el rumbo itinerante del poeta: “Tengo el sueño vago/ De haberte visto; / Y también entreabrirse / El aire / A tus pasos amor mío. / Y entre vidrios, / Bajo, en el horizonte: / El día”. Sin embargo, no es hasta la aparición del personaje Billy The kid en donde la presencia del amor se vuelve un juego de varias voces y varias maneras de evocarlo: “Pero soy Billy / The Kid / Y como voy / Herido por la / Espalda he / Dejado a mi / Amor, que no / Me espera, / Porque el tiempo / Es breve; pero / Me ama”.

Un elemento, que un crítico mencionó como los nuevos dioses de esta generación de poetas, son las lecturas de Eliot y Pound. Esta particularidad no sólo obedece a una cita de Ezra Pound en el poema ‘’El elefante asado’’, el tópico incide, al modo de Tierra Baldía de Thomas Eliot, en una cantidad de citas textuales en otros idiomas; aunque los contextos evidentemente son diferentes, en la obra de Hernández estas citas vislumbran la complejidad de su mundo, una suerte de distintos códigos que obedecen a la apertura de más lenguajes. En esta línea, hay un rasgo en el que no hemos incidido, pero que desde nuestra lectura merece toda la atención. Nos referimos a la presencia cromática en el poemario. No es otra cosa más que lo relacionado a los colores. La manera poco usual de creación, a la que nos referimos arriba, contempla una relación intertextual con sus dibujos. Es decir, nuestra lectura debe teñirse de rojo, azul o amarillo para poder alcanzar una cabal comprensión del porqué de algunas características presentes en el texto que estamos describiendo. Nos referimos a la función de los colores como epítetos de algunas imágenes representativas en el mundo del poeta. Por ejemplo, en el poema ‘’Canción para Wolfang Goethe’’ la presencia cromática es sencillamente completa: “Los cromáticos yates / Cruzan el mar azul / Azul Prusia / de la Herradura / Los cromáticos días / Que jamás no han de volver / Plenan de flores geranios / Blancos y el esplendor / De los bares: Paz de los bares”. Cuando el autor caracteriza al mar es capaz de reconocer más de un azul o en blanco esplendor de los bares que representa la simbología del blanco con la paz. De este modo, el yo poético construye su concepción del mundo a partir de los colores en donde los días son cromáticos.

Por lo dicho, con Vox Horrísona el lector asiste a un estallido de lenguajes que nos sitúan ante la vida itinerante de un poeta y su bitácora de vida. Las ilustraciones de sus cuadernos trascienden el marco de lo gráfico para trasladar este aspecto particular de captar el mundo y en él su experiencia en la ciudad. Es así, que el poemario dialoga por todas partes convirtiendo la voz de este poeta en un ensordecedor canto.

02 junio 2010

Alucinado

Por: Armando Alzamora

La reciente aparición del libro Alucinado (Lustra, 2009) del poeta Luis Boceli representa un caso atípico en la poesía peruana de la llamada ‘’Generación del 2000’’. Su lectura nos llevará a plantearnos una primera cuestión ineludible con respecto a sus coetáneos: ¿existen poéticas coherentes que sustenten la práctica escrituraria? Una revisión sin mucho rigor en las publicaciones más significativas de la década delatará una respuesta desalentadora. Sin embargo, ya que existen pocas excepciones, es necesario incluir desde ahora en ese grupo a Luis Boceli.
Alucinado es la segunda publicación de Boceli, pero es preciso acotar que presenta una estrecha relación con su ópera prima Pizzicato Labio (Hipocampo, 2006): una serie de epígrafes sacados de esta última se despliegan a lo largo del libro, en una clara emulación al Martín Adán de Travesía de extramares. Respecto a este punto, también es importante resaltar la presencia del heterónimo Silecob (léase Bocelis) en ciertas citas como una intención del autor por ficcionalizar su identidad.

El libro lo componen catorce poemas; dos de ellos, los primeros, bien pueden considerarse como notas introductorias del corpus. Por ejemplo, el texto inaugural es una dedicatoria sarcástica sin fin protocolar: ‘’Dedico este buffet irónico a mis progenitores, hermanos, amigos, a la flight attendant del cielo asiento número 42 y a la fiel doctora que peina mi alma tropical aunque ya no esté conmigo. (Esto es un libro motorizado, si manejo mal llamar al 997304032 o al 99430013) ''. El segundo poema, intitulado ‘’Manifiesto Alucinado’’, actúa, con su cota de ironía, como un extraño paratexto, pero también como un arte poética: ‘’Porque hasta lo circular tiene sus deformaciones/ Como el Sol que se extingue, por no decir / que se desinfla como los neumáticos’’. El poeta parece, desde el comienzo, soplarnos al oído la irónica inflexión de su lenguaje.

La estrategia de Boceli es partir de la anécdota, del desencanto mordaz de la vida, procreando, a su paso, un discurso por momentos proverbial. Es así como rastreamos los tránsitos de su voz: la transformación paulatina del texto en un objeto estético maduro. El poeta es consciente que el armatoste de su poética es un constante retorno: o al momento crucial o a los detalles simples, impresos u omitidos por la memoria, para recuperarlos e insertarlos en un renovado discurso reflexivo que se mueve en el presente. Dada su movilidad, su discurso poético no es estático, porque sobre la marcha vuelca su mirada sobre el pasado para reactualizarse. Es la manera como Boceli expone sus temas. Vemos por ejemplo, la existencia de una tesis amorosa: el poeta "discrepa de Ovidio", censura su arte, nos canta uno nuevo: "A las mujeres ahora les gusta los lugares públicos, al aire libre". Y en su tesis cabe todavía la posibilidad de un amor elevado, aunque nunca exento de ese hálito hedonista: "Económicamente hablando el amor no es gasto, es inversión:/ Tú das amor para recibir amor./ Saber vender es saber cobrar./ Yo no te cobro por tus servicios, / nos pagamos mutuamente en especies".

Boceli discute la poesía con poesía, "le jala las patillas a su arte", su poética es un cuestionamiento constante de su propia concepción. Por eso este libro es una evolución en comparación con el grueso de su generación; por eso he afirmado al inicio que el poeta forma parte una legión diferente: es dueño de una dicción con sustento, impulsor de una poesía manifestaria e insurrecta (bástenos leer los manifiestos que aparecen en el internet bajo su nombre) que espira coherencia.

La poesía debiera ser un acto de descubrimiento, el acceso a un código develador y prodigioso, o, como diría Huidobro, "el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la palabra recién nacida". Con Boceli asistimos al cumplimiento de ese precepto; poética y praxis confluyen, como aguas de dos afluentes cercanos, en un mismo caudal. De nosotros depende navegar por sus aguas o dejarnos llevar por las sosas corrientes de la poesía actual.

BOCELI, Luis. Alucinado. Lima: Lustra editores, 2009.

30 diciembre 2009

''La antipoesía es un mito chileno''

Por: Gonzalo Abrigo/ Juan José Podestá

Colaboración especial para OTRAS VOCES.
Publicado originalmente en el diario La Nación de Chile el 25 de octubre de 2006.
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Antonio Cisneros conversa mañana con Raúl Zurita en Estación Mapocho.


Uno de los principales poetas del país invitado afirma en esta entrevista que “en ‘Trilce’, de Vallejo, hay más antipoesía que en la del autor de ‘Versos de salón’”. “Parra me parece una persona inteligente, bondadosa y graciosa, pero con toda franqueza a mí su poesía no me dice nada”, afirma.




La siguiente conversación se realizó en un conocido hotel de Providencia en noviembre de 2004, donde el desenfadado poeta limeño partió contando, acompañado de una cerveza sureña, la primera vez que salió del Perú. Tenía veinte años y fue nada menos que a Chile para los encuentros de escritores jóvenes que organizaba el vate Gonzalo Rojas en Concepción.
Quien ha obtenido el Premio Casa de las Américas, la Beca Guggenheim y hace dos años el Premio José Donoso, de la Universidad de Talca, mañana vuelve al país a conversar, en la Estación Mapocho, con Raúl Zurita bajo el lema “De la metáfora de la experiencia”, a las 19:30 hrs., en la Sala Pedro Prado.



MUCHACHO CHOLO Y POBRE

-¿Cuál es tu vínculo con la tradición poética peruana?

-La poesía peruana como tal me cuesta mucho definirla. Ahora, en el Perú pasa una cosa muy curiosa con Vallejo, su obra poética no ha tenido tanta influencia...

-Es más lo que representa su figura ¿no?

-Vallejo era un muchacho cholo, de una pequeña aldea de la sierra norte del Perú. Ahora, si este muchacho cholo y pobre es uno de los grandes maestros de la lengua castellana universal, eso quiere decir que para esos infinitos muchachos, cholos y pobres, Vallejo es un ideal. Los peruanos no hemos inventado ni el ascensor, ni siquiera un compuesto químico ¡pero tenemos a Vallejo!

-Tu poesía se basa en lo urbano.

-No puedo vivir en ningún lugar donde no haya un cafetín y un quiosco de periódicos en la esquina de mi casa. Mi poesía de algún modo es una crónica de viaje.

-¿Cuál es tu vínculo con la antipoesía?

-El criterio de antipoesía en gran parte es un mito chileno. Parra me parece una persona inteligente, bondadosa y graciosa, pero, con toda franqueza, a mí su poesía no me dice nada ni me transmite nada. No creo que haya tenido gran influencia o cambiado radicalmente el pensamiento poético. En “Trilce”, de Vallejo, hay antipoesía desde la poesía.

-¿Y a qué poetas chilenos te sientes cercano?

-A Enrique Lihn y Jorge Teillier. Lihn un año antes de morir se iba a casar con mi primera mujer, tenía todo organizado. A las finales encontró armonía en el Perú; el Instituto Nacional de Cultura de esa época le iba a dar una casita en alguna caleta de la costa norte. Y a Teillier le encantaba Lima, tenía su grupete de amigos que le pagaban su pasaje, tres, cuatro veces por año.

-¿Cuándo te diste cuenta de que lo tuyo era la poesía?

-Siempre estaba convencido de que iba a ser poeta, pero además ensayista, dramaturgo, pintor, dibujante... Yo no concebía una vida fuera del arte...

28 diciembre 2009

El poeta y la ayahuasca con Ginsberg

»»Por: Juan José Podestá««
Colaboración especial para OTRAS VOCES
Publicado originalmente en el diario La Nación de Chile el 21 de abril de 2008:
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LEGENDARIO VATE PERUANO PUBLICA LIBRO LUEGO DE 30 AÑOS.
El creador andino Walter Curonisy está en nuestro país para presentar “Rehenes del tiempo”. Acá, cuenta cómo conoció al autor de “Aullido” y dice que “Nicanor Parra ilumina a Chile”.


En Perú suele decirse que Curonisy es carne de estatua. Esto, porque ha llevado una vida digna del arte al que se dedica: en los años 60 conoció a Allen Ginsberg, se fue a la selva con él y consumió todas las drogas posibles; fue pareja de Raquel Jodorosky, hermana de Alejandro, y protagonizó varias teleseries peruanas, entre ellas la recordada "Simplemente María". Hoy vive con su señora, Elvira Roca, en el retirado balneario de Huanchaco, en un autoexilio que considera "sanador".

Hace una semana llegó a nuestro país invitado por el Centro Cultural Balmaceda 1215, para homenajear al poeta César Vallejo. Pero además, este viaje le dio la oportunidad de presentar "Rehenes del tiempo", un poemario con el que rompe 30 años de silencio escritural, y cuya cuidada edición estuvo a cargo de Elvira Roca. "Escribir fue reconciliarme conmigo, y como nunca envidié a muchos de los imbéciles que escriben en Perú, no tenía apuro", afirma. Además, el peruano reconoce que fue su señora la principal motivadora: "Habiendo tanto mediocre publicando, tú te guardas lo tuyo, me decía ella", cuenta.

Si bien Curonisy había editado en los setenta dos breves poemarios que le merecieron el respeto de los lectores y la crítica, es con "Rehenes del tiempo" donde realiza un summa de su poética. En el texto hace dialogar a Occidente con Oriente, se pasean personajes como Jesús y Nietzsche, hay dibujos, haikus y diversos registros líricos. "Mi idea es abolir la oposición de los contrarios. Yo creo en la coincidencia opositorum, base de muchos pensamientos místicos. La poesía debe unir todo lo que aparentemente está disociado".


ALEJADO DE LOS EXCESOS

"En el 61 Ginsberg llegó a Perú desde Chile, y le preguntó a unos poetas que necesitaba a alguien que le consiguiera cocaína. Me sugirieron a mí". Así recuerda Curonisy cómo conoció al poeta de "Aullido". Relata que "en ese momento estaba con Raquel, y le propusimos ir a la selva a consumir ayahuasca, y así fue que nos fuimos a ese viaje místico donde probamos de todo. Ginsberg es un iluminado, un maestro".

Ese recorrido le inspiró al poeta norteamericano, que se hizo amigo de Curonisy, sus famosas "Cartas del Yagué". Además, los versos finales de "Sándwich de realidad" son un explícito homenaje al vate peruano, quien en 1977 publicó "Poema a Allen Ginsberg", y a Raquel Jodorowsky.

"Yo creo en los poetas iluminados, los grandes alucinados de la poesía, Blake, Nerval, los poetas de la India y oriente. Ellos nos enseñan que el conocimiento poético está cargado de hibridez", señala.

En los setenta Curonisy cambió radicalmente de giro: pasó de poeta a galán de teleseries, siendo actor principal en producciones tan recordadas como "Simplemente María". De hecho, fue éste uno de los motivos por el que calló poéticamente: "Salía de los canales, ese mundo asqueroso, y las niñas te pedían autógrafos, toda esa basura, y no me sentía con fuerzas para escribir".

Curonisy, alejado ya de los excesos, dice que de los poetas peruanos sólo admira a Vallejo, pero en Chile respeta a varios: Raúl Zurita, Nicanor Parra, Pablo Neruda y Gonzalo Rojas. "Parra ilumina a Chile con su sentido del humor. Chile está hecho de Neruda y Parra, la solemnidad de uno y la falta de respeto del otro".

Sobre los conflictos que actualmente tensionan las relaciones entre ambos países, el poeta es categórico: "Hay unas basuras que quieren poner a Chile contra Perú, y me paso por los cojones a quienes azuzan a Perú contra Chile".

12 abril 2009

Un museo de la memoria para Blanca Varela

Por: Walter Toscano

Colaboración especial para OTRAS VOCES
Publicado el 15 de marzo en el blog personal de Walter Toscano.

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Conocí a Blanca Varela por sus poemas publicados hace ya más de una década en el suplemento dominical del diario El Comercio, es decir de la mejor manera que se puede conocer a un poeta.

Y al leerla me invadió una extraña sensación similar a la de estar oyendo el canto de un pájaro salvaje a punto de alzar el vuelo. Un pájaro oscuro con pies de humano, con voz humana -no de hombre o mujer, como suele apreciarse en muchos poetas posteriores a ella sino simplemente humana-, ojos humanos y corazón de pájaro alimentado con esta realidad mal cocida.

Blanca Varela ha muerto, y su desaparición corporal nos desgarra a todos quienes amamos su poesía (nos estamos quedando sin los grandes maestros de la poesía peruana, vida; pero con la hermosísima distancia de sus cuerpos y la cercanía de sus versos)

Mentiría si dijera que la conocí en vida: sus ojos contemplando la tarde mientras la noche comienza a respirar. Y sin embargo, me enseñó cómo atravesar el camino críptico de la vida por medio de su poesía, y a salir ileso luego de ese viaje, y a conocer el círculo de la muerte desembocada otra vez en vida.

Blanca Varela se nos ha ido de los ojos -pero no del centro del corazón-, se nos ha ido de nuestros ojos que reclaman su persistencia con los versos, con sus versos que ahora ululan y nos dicen que su muerte es una de otras falsas confesiones, que el puerto donde se encallan sus flores para el oído es la luz de día que nos perseguirá hasta conducirnos por el camino a Babel hasta terminar convertidos en fantasmas de cada hora.

Estas pequeñas palabras son para ti, Blanca Varela, mi Blanca Varela, mi poeta favorita.

Ahora todo canta a la altura de tu rostro suspendido como una luz eterna entre la noche y la noche, Blanca Varela, mi Blanca Varela, mi poeta favorita, mi más grande fantasma mil veces muerta, recién nacida siempre.

Casa Grande, domingo 15 de marzo de 2009.


POEMAS DE BLANCA VARELA


Curriculum vitae

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

La muerte se escribe sola

la muerte se escribe sola
una raya negra es una raya blanca
el sol es un agujero en el cielo
la plenitud del ojo
fatigado cabrío
aprender a ver en el doblez
entresaca espulga trilla
estrella casa alga
madre madera mar
se escriben solos
en el hollín de la almohada

trozo de pan en el zaguán
abre la puerta
baja la escalera
el corazón se deshoja
la pobre niña sigue encerrada
en la torre de granizo
el oro el violeta el azul
enrejados
no se borran
no se borran
no se borran

Strip-tease

Quítate el sombrero
si lo tienes
quítate el pelo
que te abandona
quítate la piel
las tripas los ojos
y ponte un alma
si la encuentras

12 marzo 2009

El ''Ave soul'' que retorna

Por: Armando Alzamora
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El programa Presencia Cultural ha realizado un interesantísimo documental con motivo de la reaparición del libro Ave soul (Editorial Doble Príncipe, 2008) del poeta Jorge Pimentel, principal animador del movimiento Hora Zero. Cabe mencionar que este libro es editado por primera vez en el Perú y contiene, además de los poemas, una completa información que nos sitúa en el contexto en que fue escrita la obra y nos facilita su lectura.

En este video podremos apreciar las palabras del poeta horazeriano que, entre otras cosas importantes, afirma: ''Yo creo que los poetas tienen que sumergirse en el dolor, en el desarraigo, en la ternura, en el amor, y que para escribir un poema tienes que lanzarte con todo, sin medir ninguna consecuencia (...) Creo que para escribir poemas hay que ser valiente''. También veremos las opiniones de los editores Arturo Higa y Jerónimo Pimentel respecto al trabajo de edición y el establecimiento del texto, así como una breve entrevista al crítico Ricardo Gonzales Vigil quien nos habla de la importancia de la obra de Pimentel en la poesía peruana.

Presento a continuación el video:

24 diciembre 2008

Un terrado para vislumbrar el miedo

Por: Armando Alzamora


«Poeta: el que trabaja en la explosión del mundo por medio de una imaginación poderosa que penetra en lo desconocido y allí se estrella». La reciente aparición de Terrado de cuervos (Tranvía Editores), de Pablo Salazar Calderón, me hizo repensar en esta aseveración de Hugo Friedrich respecto a la lírica moderna. Poeta, en el caso de Salazar, tal como se puede deducir de su propuesta, es aquél que configura –aunque otros podrán decir que ‘’ordena’’- un mundo desprovisto de luz, cegado acaso por al inconciencia del miedo. Es el juego de las cualidades materiales tergiversadas por el vaho lúgubre del pánico. Literalmente: la premonición de una visión insoportable que el poeta aquí recrea a través de un material verbal todavía incipiente (El pánico en un pañuelo mira el morado del silencio/ Se aferra a tus huesos/ Te atrae a la noche nueva).

El lenguaje en Terrado de cuervos es el primer organizador del caos: dínamo que impulsa la maquinaria de las cosas y su comunión con el cosmos. En esa relación res/verba, encontramos que Salazar confiere a los objetos de su universo cierta naturaleza onírica (‘’autopista blanca’’, ‘’bola de piel’’), como la huella de un escape, porque, tal como afirma Michaux en el epígrafe de la plaquette, es el miedo «que solamente aguarda un alivio para manifestarse». Hay en esa espera algo de trágico, quizás porque detrás de aquella negligencia –existencial, si se quiere- radica el límite último de la esperanza, una herencia que en nuestra cultura es, por lo general, legado del cristianismo (En la cruz/ Que el dedo medio dibujó en la pared/ Sobre mi cama/ Ya no hay tiempo/ Sólo el olor a los huesos sin origen/ Circulando la noticia fantasma). Abolida esa última instancia, no queda ni el alumbramiento de una simulación: es esa manera en la que entiendo los últimos versos de la plaquette: como una mecánica táctil en la que se nos aparece ‘’la vislumbración de lo oculto’’ en medio del marasmo simbólico.

Desde mi parecer, Salazar no logra resarcirse de esa primera influencia juvenil que adolecen los poetas, en su mayoría, al comenzar su recorrido. Sin embargo, lejos de imitar un lenguaje, se intuye una lucha dialéctica entre el poeta y su escritura. Y son pocos quienes salen victoriosos. Para concluir, quiero dejar al lector eso últimos versos sobre los que hice alusión en el párrafo anterior. Saludos desde esta sección.

Apenas las altas gotas del sueño
Lentas
Y gigantes
Contra el empeine de mis abismos.



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Terrado de cuervo
Pablo Salazar Calderón
Tranvía Editores
2008
16 pp.

21 septiembre 2008

Sonó el tambor de la nostalgia

Manuel Morales, una de las voces más representativas de la poesía del ’70, falleció en octubre del año pasado en Porto Alegre, Brasil. Hoy queda el vacío irreparable y la incerteza de saber si en un futuro no muy lejano se publicarán los poemas que el autor durante tantos años escribió y guardó.
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»» Por: Armando Alzamora.

FATALIDAD LATENTE

            Nunca entenderé la mala suerte de algunos poetas. Ni sus decisiones, tal vez absurdas, pero sobre todo radicales. En ambos casos, el resultado es siempre el mismo: una obra inconclusa que se convierte en el proyecto de lo que pudo ser una obra mayor. Rimbaud fue uno de ellos: habernos entregado esa poesía deslumbrante a tan corta edad, para después dejarnos en la espera irremediable que no hallaría jamás el fin añorado: el poeta sencillamente no volvió a escribir un solo verso. Del mismo modo, la obra del español Miguel Hernández, con apenas treinta y dos años de edad y un porvenir auspicioso, se desbarató víctima de la fatalidad cuando en 1942 acaeció su muerte. Y en nuestro país los casos no fueron ajenos. Javier Heraud y Luis Hernández son dos ejemplos. Víctimas de esa mala fortuna o de esa decisión inexplicable, la muerte les llegó en el momento en que la ebullición de sus obras empezaba a cobrar una fuerza arrolladora, dejando truncas dos carreras, aunque divergentes, desarrolladas con suma brillantez.

            Un nombre más se suma a esta lista negra lista negra: Manuel Morales, poeta marginal y legendario de la década de los ‘70. Su obra no iba más allá de un par de publicaciones, la insular plaqueta Peacen bool (1968) y el poemario Poemas de entrecasa (1969). Publicó también unos pocos poemas en la revista Textual (1971) y en algunos números de la revista que codirigió con Carlos Bravo Espinoza y Jorge Ovidio Vega, Gleba literaria. Luego de eso, su silencio poético ha sido abrumador.


MORALES Y LA POESÍA

            Se formó en las filas del movimiento Hora Zero, grupo en el que participó casi desde su fundación, en las aulas universitarias de la Universidad Villarreal. Recuerdo siempre las palabras con que Jorge Pimentel me relataba esas interminables noches de cerveza y dados en las que Morales imponía la única ley, su ley: ‘’En esta mesa únicamente se habla de poesía. Y el que no cumple, se me va’’. Esa ley, Morales siempre la hacía cumplir.

            Cultor de una dicción en la que confluyen el lenguaje culto y el de la calle, Morales ha sido −quizás no para muchos, pero lo fue− un paradigma de la libertad y el sentido lúcido y sincero de una lírica cuya preocupación no desbordó los planos de la cotidianidad. Su poesía se desarrolla allí, en el día a día, en las calles atestadas de esperanza –o acaso desazón−, en la cantina donde los trabajadores suelen retozar después de la jornada avasallante. Pero su poética trasunta el escollo de la sordidez para mostrarnos, a través de un vuelo estilístico altamente logrado, todo lo humano y bello que suele ser en ocasiones ese tránsito usual y familiar. Y rescatar esas pequeñas pero hermosas reflexiones no es algo que cualquier poeta pueda hacer; pero Morales lo logra. Alberto Escobar, en el segundo tomo de su Antología de la poesía peruana (1973), no me deja mentir: ‘’la estridencia formal que a ratos adquiere su lenguaje es la contrapartida a una básica actitud de nostalgia y de búsqueda por el sentido que se oculta tras el ceremonial cotidiano’’.

            Su Poemas de entrecasa nos muestra una óptica sarcástica de una sociedad indolente y oprimida, tal como puede interpretarse de sus poemas “Saludo” ("Saludo a los pájaros que malogran el arado/ A las doncellas de nalgas somnolientas / A mi vecino que ronca como un cerdo/ Y a su mujer que lo atrasa con un negro") e “Idiosincracia” (“Estamos acostumbrados a las mentiras./ Nos tratan peor que a negros./ Nos humillan peor que a negros./ Hasta nos venden como negros./ Y este país es el despelote./ Con el cuento del pueblo –nos estafan./ Nos hacen a diario el cuento del tío./ Estamos acostumbrados a las mentiras./ Al tira y afloja de unos cuantos pendejos./ Pero ya se les va acabar,/ Porque un día de estos se nos sale el indio”). En medio de ello, Morales, virtuoso apropiador, ilícito contemplador del caos, no sólo se limita a describir lo que permite su sensibilidad, sino que deja en ciernes la posibilidad de una ''subversión'' subalterna. Y es aquí donde radica otro punto trascendental de su obra: sigue la vida, como ahora, y sin embargo, siempre hay algo que puede cambiarse. Morales lo sabe muy bien, y no lo calla: su poesía irradia, pese a todo, un soplo de esperanza.

            Muchos quizás lo han de recordar por un poema breve pero sabio titulado “Si tienes un amigo que toca tambor”, hermosa demostración de sencillez y de un lirismo clarificador:  

Si tienes un amigo que toca tambor
Cuídalo, es más que un consejo, cuídalo.
Porque ahora ya nadie toca tambor,
Más aún, ya nadie tiene un amigo.
Cuídalo, entonces,
Que ese amigo guardará tu casa.
Pero no lo dejes con tu mujer, recuerda
Que es tu mujer y no la de tu amigo.
Si sigues este consejo, vivirás
Mucho tiempo. Y tendrás tu mujer
Y un amigo que toca tambor.

            En 1974 viajó a Brasil. Pocos sabrían que ese hombre de aspecto bonachón y ducho no volvería al Perú más que en una fugaz ocasión, en 1977. Después, la huella de su poesía, la memoria e incluso la ficción (se piensa con certeza que Morales es uno de los personajes de la novela El escarabajo y el hombre, de Oswaldo Reynoso) se han encargado de hacer perdurar su figura descollante en las letras peruanas.


SILENCIO POÉTICO

            Lo que para muchos resultó ser una carrera brillante tempranamente aniquilada por el rigor del trabajo, la rutina y el formar una familia lejos del lugar que le vio crecer, no fue más que el error involuntario de amigos y lectores azuzados quizás por el temor a una emulación rimbaudiana. Pero no, el poeta, transcurridas más de tres décadas desde su viaje, siguió entregado al oficio, tantas veces ingrato, de la poesía.

            Leo unas líneas que se le atribuyen: ‘’Ser poeta en el Perú no se lo deseo ni a Superman’’ y ‘’Publicar un libro en el Perú es más difícil que levantar una mesa con los dientes’’, y pienso que, a lo mejor, esos amigos y lectores estuvieron a un paso de acertar. Será entonces que Morales sintió lo que el poeta chileno Enrique Lihn afirmaba en uno de sus poemas más representativos: “Ahora que quizás, en una año de calma, / piense: la poesía me sirvió para esto:/ no pude ser feliz, ello me fue negado,/ pero escribí.” Será que, lejos ya, sabiéndose condenado a esa distancia y enfrentado con su propia escritura, decidió seguir el camino que inició, no ya por el afán de publicar, sino por perseguir lo que desde sus inicios fue su compromiso, tal como afirma en una carta dirigida a Jorge Pimentel y Tulio Mora, fechada en junio de 2005, luchar «para que la poesía no sea una farsa y sí el resultado dialéctico de una generación que ansiaba la libertad contra todos los indicios del oficialismo».


            Desde la distancia, Manuel Morales nos ha legado un puñado de poemas inéditos que esperamos, por el bien de la poesía, salgan pronto a la luz. Por ahora sólo nos queda esperar. Y que por favor no sean treinta años más. 

09 septiembre 2008

Verástegui o el testimonio de un offsider

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»» Enrique Verástegui nos recibió en su casa de La Molina para dialogar y conocer un poco más de ese ser esquivo y misterioso, sus ámbitos, sus soledades. A sus 58 años, Verástegui es quizás el poeta vivo más importante de la generación del ’70 en adelante.

»» Por: Armando Alzamora.
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Es un sábado de junio. La Coaster nos conduce a un ritmo bastante lento y adormecedor. En algún momento del viaje el cobrador nos anuncia: «Es aquí, chochera». Pagamos el pasaje y nos bajamos. En ese rincón remoto de la ciudad se respira armonía, serenidad. Pero mientras nos acercamos a la casa del poeta la calma decrece. «Verástegui nos está esperando desde hace una hora», dice uno de mis compañeros. Imaginamos una casa muy grande; propicia para la inspiración sosegada de un poeta, pensamos. Entonces llegamos a la dirección indicada. La casa no es muy grande; tampoco pequeña. Tiene dos pisos y un patio espacioso plagado de tiestos con helechos. Me aproximo al enrejado y toco el timbre. Pasan algunos segundos que parecen interminables. Hasta que al fin aparece tras la puerta la inquieta figura del poeta. Mantiene una expresión apacible y traslúcida; su sonrisa parece perenne, como si siempre estuviera contento.

«Hola», nos dice al llegar a la entrada, «¿cómo están? Enrique Verástegui, mucho gusto». Cada uno se presenta por su nombre. Nos invita a pasar. Cruzamos el patio e ingresamos a la casa. La sala es un ambiente pulcro, con piso de parquet y las paredes blancas. «Mi madre mantiene todo esto muy limpio», nos dice. Hay algo de niño en este hombre -pensamos-, algo que perdurará hasta sus últimos días. Nos apostamos cómodamente en los amplios sofás. «Hemos traído un vino para brindar, don Enrique». El poeta asiente, mientras se acomoda las gafas. Entonces, se aproxima al cuarto contiguo y vuelve con cinco copas y un cenicero. Se sienta con nosotros, servimos el vino, prendemos algunos cigarros e iniciamos la conversación.

«¿Cómo están, muchachos?», nos dice, «es un honor tenerlos aquí». Muy timoratos, tanteamos ciertas preguntas, repasando algunos temas menores antes de intentar penetrar en su confuso universo. Este hombre, sabemos, ha leído más de mil libros. «¡Qué mil libros!», nos dice, «¡Cien mil libros en toda mi vida!». Por ello, confiesa, con mucha modestia, que se considera un erudito. «Yo puedo hablar de todos los temas, ustedes propónganlos que yo converso». De manera que aquella información resulta muy útil para abordar los temas que nos interesan. Inevitablemente nos inclinamos por hablar de su tiempo, de su generación, del movimiento Hora Zero. «Yo he sido un offsider», nos cuenta, «poéticamente me formé muy aparte de ellos, aunque los frecuenté siempre y fuimos grandes amigos, con ideales compartidos». La conversación no es fluida, y por ratos se torna áspera y pesada.

En un determinado momento, nuestro afán se centra en definir sus influencias. «Pero es tanto lo que leído», nos dice, «que les mentiría diciéndoles que estoy influenciado por unos pocos; todos, absolutamente todos, han dejado en mí su huella». Surgen, entonces, diversas preguntas: Barcelona, París, Oquendo de Amat, Kristeva... «Jamás conocí a Julia», contesta, «pero la admiro, es una mujer muy inteligente». Su sinceridad nos sorprende. «A quien sí conocí fue a Ginsberg, a Paz, a Bolaño... Severo Sarduy fue mi amigo».
¿Y qué tan cierta es la leyenda maldita de Verástegui? Él afirma: «Yo no soy tan bohemio como la gente cree. Me tomo un vino tranquilo en mi casa pero sin molestar a nadie. Nunca probé droga alguna». Difícil evitar la incredulidad. Y sin embargo, «El negro» -como le llaman sus amigos- posee lo que pocos poetas de su generación tuvieron: un talento excepcional.

Es, sin duda, un ser diferente. Su curiosidad radica en su enajenación. Verástegui parece vivir para adentro. No nos incita al silencio ni al estruendo. Nos hace entender de qué lado está cada uno. Pero es algo que no se comprende en ese instante, sino días después. Aquél universo propio en el que habita ha sido siempre inextricable. Y si para él, como dice, la locura es mundana y no forma parte de su vida, para nosotros, en cambio, parece habérselo llevado a «los extramuros del mundo», mas no alejándolo del todo, sino refugiándolo en una costa cercana desde donde contempla, con vital alegría, y vital desazón, la existencia y los años que van de la mano.

No es verdad que la tarde se haya acabado. Sin embargo, llega la hora de partir. El poeta accede amablemente a tomarse las fotos. Nos pide que se las enviemos. «Así será, don Enrique». Nos ponemos de pie y nos acompaña a la puerta. «¿Están felices?», nos dice. En realidad parecemos confundidos, pero sí... la alegría es distinta y no distante. «Llámenme cuando gusten, muchachos, yo estaré encantado de recibirlos». «Así será, don Enrique». Nos despedimos. Un apretón de manos. Un abrazo. «Hasta pronto»

Nos alejamos pensando, cada quien por su lado, que algo extraño ha pasado esta tarde, que hemos libado un vino con un bardo y que a pesar de ello todo ha sido fugaz y lejano. ¿En qué momento acabó? Hurgamos respuestas que no existen y nos proponemos, ciegamente, a seguir el camino. La poesía quizás nos depare rumbos sinuosos y disímiles o, como los de Verástegui, curiosos y enloquecedores.

17 julio 2008

Tener un ideal y morir joven: Luis Hernández Camarero.

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»» Por: Luis Mendoza.

Como cuando vivías
Cantarás,
Aunque no vuelvas.

La triste desaparición física de Luis Guillermo Hernández Camarero, acaeció el 3 de octubre de 1977, en Santos Lugares, Argentina; fue y seguirá siendo una gran pérdida para la poesía peruana.

Como si eso fuese poco, el hecho significó, además, el fin de una rica aventura humana y artística que paso por muchos períodos, absorbió numerosos influjos y los procesó de un modo muy personal, entablando un íntimo diálogo estético entre él y su “día a día”. Y lo hizo con una modestia y una sinceridad muy poco frecuentes.

A pesar de eso, no muchos están familiarizados con su obra porque Hernández es un caso muy singular y paradójico. Entre los poetas de la ‘’generación del 60” destaca como uno de los más auténticos, pero su obra ha tenido una difusión tan reducida que apenas supera la marginalidad. Siempre estuvo relacionado con su entorno aunque de una manera indirecta, era por así decirlo un eterno observador. Fue siempre un modelo de espíritu moderno y rebelde, que permaneció fiel a sus propias expresiones que se constituyeron en el verdadero horizonte de su imaginario-creativo. Además es muy significativo debido a su innovador lenguaje poético al que dotó de libertad a su modo y por cuenta propia sin afiliarse -salvo al principio- a ningún grupo o movimiento. A través de las metamorfosis de su producción mantuvo la misma radical disidencia estética frente a todo.

Su obra es de un carácter profundo, construido con un lenguaje simple que EN ningún momento le resta dicha profundidad, que refleja el dolor y la ternura que significa vivir en este planeta, además, de ser una muestra clara de la realización de sus añoranzas y una búsqueda de sentido a su existencia, una afirmación de ésta. Y todo esto lo hace con una simpleza tan humana que lo acerca a cada uno de nosotros esencialmente.

La facilidad de manejar el lenguaje con gran espontaneidad, pasando de coloquialismos -que no le quita en ningún momento el ritmo- a referencias culturales europeas, confieren a su poesía un tono lúdico y una intensidad que no llega a esconder del todo el fondo de asumida soledad en que se origina. Lo lúdico se presenta, además, con el fin de ridiculizar las trivialidades burguesas y la solemnidad poética. Se puede decir que con Hernández la alegría retorna a la poesía peruana y que desde Carlos Oquendo Amat no hubo expresión más cristalina.

Su obra muestra, además, la huella que le han dejado las lecturas de Ezra Pound, Juan Ramón Jiménez, Francois Mauiri, Verlaine y de los poetas de la generación Beat, siendo, por lo tanto, uno de los primeros poetas peruanos que acoge provechosamente los aportes de la lírica anglosajona, además tiene una notoria influencia de la música, no solo como fuente de inspiración y antídoto contra la muerte, sino, que es el hilo que dota de fluidez a sus poemas.

Hernández está enmarcado en la generación del 60”, de la que también formaron parte Marcos Martos, Javier Heraud, Luis Enrique Tord, Livio Gómez, Arturo Corcuera y Antonio Cisneros. Aunque compartió con ellos aventuras juveniles y sus inicios literarios pronto Hernández se aleja de ese circuito literario oficial (1965) y realiza la mayor parte de su obra desligado de esa generación. Es posible suponer que ese hecho favoreció en un rasgo clave de su evolución: la marginalidad que le permitió asumir el arte como la vía suprema de expresión, para dar a la vida una visión más amplia y completa. Su obra poética gira alrededor de ciertas imágenes que encarna el permanente dilema entre la conciencia de la caducidad y la conciencia de alcanzar lo que está más allá. Pero la verdad es que su obra revela que el autor no avanza ni retrocede, sino, que se transforma a través de ciclos recurrentes. En cada fase Hernández repasa, amplía y renueva lo ya intentado para lanzarse a nuevas experiencias, el hecho de retomar algunos de sus versos es una muestra clara.

Su producción se puede separar en dos etapas: una donde cultiva un intenso lirismo, que lo podemos apreciar en sus breves poemarios: Orilla (1961), Charlie Melnick (1962) y Constelaciones (1965); del que se fue apartando, tan rápida como decisivamente, pues, a partir de su ultima publicación -1965- pasa a una etapa en la que se dedicó a llenar cuadernos, que eran adornados con trazos de múltiples colores; son dibujos finamente infantiles, que de cierto modo complementaban su universo poético. Se habla de más de un ciento de cuadernos pero en la actualidad sólo se conservan un número reducido debido a su carácter único y a la soltura del autor ante éstos, ya que tenia la costumbre de obsequiarlos. A todo este conjunto de trazos en el silencio, que son sus cuadernos, Hernández decidió llamarlos Vox Horrísona: una voz que abarcó tanto los sonidos bellos como desagradables o discordantes. Sin duda su obra es un claro ejemplo del intento de unir lenguas tan distintas como distantes.