Por José Güich

Es obvio que el lector
encontrará en los textos de Jorge Bar la correspondiente cuota de sexo
propiciatorio que Sed y Pim requieren para insertarse en la compleja red de
búsqueda de una identidad propia, lejos de la férula paterna o materna. También,
por supuesto, descubrirá una explícita referencia a los alucinógenos: la cultura
juvenil no sería tal sin el consumo de hierbas y otros menús satanizados por la doble moral
de un mundo adulto que las rechaza y les teme, pero que no hará campaña alguna
para erradicar otros males de una sociedad estamental, racista, ninguneadora,
violenta e hipócrita.
Bar esgrime contra ella las armas de la irreverencia y del
gesto de desaire sin estridencias o ánimo de escandalizar gratuitamente. Le
bastan la ironía y el humor soterrado a propósito de las andanzas eróticas y marihuaneras de sus personajes en un
contexto mediocre, gris, tan característico de eso que nadie ha logrado definir
con exactitud pero que intuimos: lo
limeño.
Son niños asombrados, voraces, dispuestos a que nada se oponga
al placer hedonista; este afirma la vida en sus facetas más fisiológicas frente
a la muerte representada por la Lima y su decadente sicología colectiva. Algo
de novela picaresca impregna a los seres de Bar; ello nos remite ya no solo a
la tradición del Bilndungsroman, es
decir, la novela de aprendizaje, sino al Lazarillo y a Quevedo, cuyos
personajes también viven aventuras desopilantes más bien guiados por la
necesidad de sobrevivir a los embates del hambre y de la mezquindad de los
hombres.
En el libro de Bar, también hay necesidades imperiosas: el
descubrimiento de lo que significa “vivir” en toda su dimensión, ganándole un
día más a la certeza inexorable que nos angustia desde que adquirimos
conciencia de la finitud: algún día moriremos y no habrá postergaciones a la
cita. Sed y Pim, desde su dislocada visión de un mundo que cambia constantemente,
(en concreto, los años ochenta) irán creciendo, muy a su pesar. Y eso implicará
otra lucha, otro “agón”, esta vez impulsada por el temor a aceptar su terrible
inserción en la adultez, con las exigencias del caso.
Así culminan estas historias conectadas entre sí por el
motivo-guía de la pérdida de la inocencia, la nostalgia y la constante búsqueda
de un paraíso que escurre de las manos. Felicito a Jorge Bar cálidamente. Ha
tenido el valor de reclamar para sí una ya dilatada línea de autores peruanos
cuyos libros recorren los territorios de la adolescencia descarnada. Lo ha
hecho con naturalidad, sin saturaciones que muchas veces solo sirven para
ocultar la poca destreza para narrar. Él, por el contrario, cuenta historias y
lo hace con solvencia y originalidad. De ahí mi entusiasmo y expectativa por
sus futuros trabajos que, estoy seguro, leeré con el mismo gusto que Dioses, mundos y otros villanos me ha
deparado con largueza.
Dioses, mundos y otros villanos. Lima: 2014. Colmena Editores. 80 pp.
Dioses, mundos y otros villanos. Lima: 2014. Colmena Editores. 80 pp.